Miedo al abandono: de lo cotidiano a lo sintomático

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Aunque los comportamientos de estira y afloja que podamos vivir en nuestras relaciones actuales, parecen ser desencadenados por nuestra pareja, en realidad son el resultado de viejos temores que arrastramos desde nuestra infancia.

La ansiedad es una parte normal de estar en una relación íntima. Suele presentarse de dos formas: el miedo al abandono y el miedo a ser engullido. Una parte de nosotros teme que, si nos lanzamos al amor, nos abandonen. Por otro lado, tememos que si alguien se acerca demasiado, seamos absorbidos o no podamos salir nunca.

Tomemos como eje central el miedo al abandono, que, en su exceso, puede manifestarse como un sentimiento persistente de inseguridad, pensamientos intrusivos, vacío, sentido inestable de sí mismo, aferramiento, necesidad, fluctuaciones extremas del estado de ánimo y conflictos frecuentes en las relaciones. Por otro lado, también se puede hacer frente a la situación, cortando de tajo el involucramiento y volviéndose emocionalmente insensible.

La respuesta de nuestros padres a nuestros comportamientos de búsqueda de apego, especialmente durante los dos primeros años de nuestra vida, codifica nuestro modelo del mundo (Bowlby, 1989). Si cuando somos bebés tenemos interacciones de apego sanas con un cuidador atento, disponible y cariñoso, podremos desarrollar una sensación de seguridad y confianza. Si nuestros padres fueran capaces de responder a nuestras llamadas para alimentarnos y reconfortarnos la mayor parte del tiempo, interiorizaríamos el mensaje de que el mundo es un lugar amigable; cuando estamos necesitados, alguien vendrá a ayudarnos. También aprenderíamos a calmarnos en momentos de angustia, y esto forma nuestra capacidad de recuperación como adultos.

Si, por el contrario, el mensaje que se nos dio de pequeños fue que el mundo es inseguro y que no se puede confiar en la gente, afectaría a nuestra capacidad para soportar la incertidumbre, las decepciones y los altibajos en las relaciones.

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Constancia Objetal

La mayoría de las personas pueden soportar cierto grado de ambigüedad relacional y no consumirse del todo por la preocupación del posible rechazo. Cuando discutimos con nuestros seres queridos, podemos recuperarnos posteriormente del acontecimiento negativo. Cuando no están físicamente a nuestro lado, tenemos la confianza subyacente de que nos tienen en su mente. Todo esto implica algo que se llama Constancia Objetal, la capacidad de mantener un vínculo emocional con los demás incluso cuando hay distancia y conflictos.

La Constancia Objetal tiene su origen en el concepto de Permanencia del Objeto, una habilidad cognitiva que adquirimos en torno a los 2 o 3 años. Se trata de la comprensión de que los objetos siguen existiendo, aunque no puedan verse, tocarse o percibirse de algún modo. Por eso a los bebés les encanta jugar cuando uno se tapa el rostro: cuando se esconde la cara, creen que deja de existir. Según Piaget, quien fundó la idea, alcanzar la Constancia Objetal es un hito del desarrollo (1990).

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La Constancia Objetal es un concepto psicodinámico, y podríamos pensar en ella como la equivalencia emocional de la Permanencia del Objeto. Para desarrollar esta habilidad, maduramos en la comprensión de que nuestro cuidador es simultáneamente una presencia amorosa y un individuo separado que podría alejarse. En lugar de necesitar estar con ellos todo el tiempo, tenemos una «imagen interiorizada» del amor y el cuidado de nuestros padres. Por eso, incluso cuando se pierden temporalmente de vista, seguimos sabiendo que nos quieren y nos apoyan.

En la edad adulta, la Constancia Objetal nos permite confiar en que nuestro vínculo con las personas cercanas a nosotros se mantiene íntegro, incluso cuando no están físicamente cerca, ni contestan el teléfono, ni responden a nuestros mensajes, ni siquiera si se frustran con nosotros. Con la Constancia Objetal, la ausencia no significa desaparición o abandono, sino sólo distanciamiento temporal.

Dado que ningún padre puede estar disponible y en sintonía el 100% del tiempo, todos sufrimos al menos algunas magulladuras menores al aprender a separarnos e individualizarnos. Sin embargo, cuando uno ha experimentado un trauma de apego temprano o incluso preverbal más severo, tiene cuidadores extremadamente inconsistentes o no disponibles emocionalmente, o una crianza caótica, su desarrollo emocional podría haberse atrofiado a una edad delicada, y nunca tuvo la oportunidad de desarrollar la Constancia Objetal.

La falta de Constancia Objetal es la base de los rasgos de la Personalidad Límite. Para los individuos con apego inseguro, cualquier tipo de distanciamiento, aunque sea breve y benigno, les hace reexperimentar el dolor original de ser dejados solos, rechazados o despreciados. Su miedo puede desencadenar modos de afrontamiento como la negación, el aferramiento, la evitación y el rechazo de los demás, la agresión en las relaciones o un patrón de sabotaje de las relaciones para evitar un posible rechazo.

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Sin Constancia Objetal, uno tiende a relacionarse con los demás como «partes», en lugar de como un «todo». Al igual que un niño que se esfuerza por comprender a la madre como una persona completa que a veces recompensa y a veces frustra, les cuesta mantener la idea mental de que tanto ellos como nosotros tenemos aspectos buenos y malos. Pueden experimentar las relaciones como poco fiables, vulnerables y muy dependientes del estado de ánimo del momento. Parece que no hay continuidad en la forma en que ven a su pareja: cambia de un momento a otro y es buena o mala.

Sin la capacidad de ver a las personas como algo completo y constante, resulta difícil evocar la sensación de presencia del ser querido cuando no está físicamente presente. La sensación de quedarse solo puede llegar a ser tan poderosa y abrumadora que evoca reacciones crudas, intensas y a veces infantiles. Cuando se desencadena el miedo al abandono, la vergüenza y la autoculpabilidad le siguen de cerca, desestabilizando aún más las emociones de la persona ansiosa. Como el origen de estas fuertes reacciones no siempre es consciente, podría parecer que son «irracionales» o «inmaduras». En realidad, si pensamos en ellas como si actuaran desde un lugar de trauma reprimido o disociado -y consideramos cómo era para un niño de 2 años quedarse solo o estar con un cuidador inconsistente- el miedo intenso, la rabia y la desesperación tendrían sentido.

Sanar desde el vacío

Una gran parte del desarrollo de la Constancia Objetal es tener la capacidad de dar cabida a las paradojas en nuestra mente. De la misma manera que el cuidador que nos alimenta es también el que nos falla, debemos llegar a lidiar con la verdad de que ninguna relación o persona es toda buena o toda mala.

Si podemos admitir tanto los defectos como las virtudes en nosotros mismos y en los demás, no tendríamos que recurrir a la defensa primitiva de «escindir», o al pensamiento de blanco o negro. No tenemos que devaluar a nuestra pareja porque nos haya decepcionado por completo. También podríamos perdonarnos a nosotros mismos. Que no seamos perfectos todo el tiempo no significa que seamos, por tanto, defectuosos o indignos de amor.

Nuestra pareja podría ser limitada y suficientemente buena al mismo tiempo.

Los demás podrían amarnos y estar enfadados con nosotros al mismo tiempo.

Puede que a veces necesiten distanciarse de nosotros, pero los cimientos del vínculo siguen siendo sólidos.

El miedo al abandono es sobrecogedor porque nos devuelve el profundo trauma que arrastramos desde que éramos pequeños, al ser lanzados a este mundo como seres indefensos, totalmente dependientes de quienes nos rodean. Pero debemos reconocer que nuestros miedos ya no reflejan nuestra realidad actual. Aunque nunca hay certeza y seguridad absolutas en la vida, ahora somos adultos y tenemos opciones diferentes.

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Como adultos, ya no podemos ser «abandonados»: si una relación llega a su fin, es la consecuencia natural de un desajuste en los valores, las necesidades y las trayectorias vitales de dos personas.

Ya no podríamos ser «rechazados», porque el valor de nuestra existencia no depende de las opiniones de los demás.

Ya no podríamos ser engullidos o atrapados. Podemos decir que no, establecer límites y alejarnos.

Como adultos resilientes, podríamos acunar al bebé de dos meses que llevamos dentro y que estaba aterrorizado de que lo dejaran caer, aprenderíamos a permanecer dentro de nuestro cuerpo incluso en el miedo sin disociarnos, y podríamos permanecer en las relaciones con los demás incluso en medio de la incertidumbre, sin huir hacia la evitación y las defensas.

En lugar de quedarnos atrapados en la búsqueda de la «pieza que falta», llegamos a reconocernos como un ser completo e integrado.

El trauma de haber sido abandonado y dejado solo ha pasado, y se nos da la oportunidad de una nueva vida.

Referencias:

Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de la teoría del apego. Paidós.

Piaget, J. (1990). El nacimiento de la inteligencia en el niño. Crítica.

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Basada en una obra en ciudadsana.wordpress.com

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